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La icónica república de cuba, pasarela histórica de maricas, lenchas, vaquerobvias y elegantes transformistas tiene nuevas inquilinas: Las Bellas Hartas, un espacio cultural que, entre la música, los tacones, las multitudes y los neones de la noche LGBTIQ+ del centro de la ciudad de México surge para celebrar el arte y la diversidad.



CUM-BUSTIBLE

FERNANDO FERRER
@fernandoferrer.art

FEBRERO—MARZO 2026

Vitrina Bellas Hartas


En los últimos años he observado cómo las marcas han aprendido a vestir las luchas. Durante el mes del orgullo, aparecen empresas que jamás se han involucrado realmente con la defensa de la comunidad LGBTQ+, pero que aprovechan la visibilidad de junio para lanzar campañas “inclusivas”, llenar sus productos de arcoíris y vender una supuesta empatía que desaparece al terminar el mes. Todo esto lo hacen sin cuestionar ni un solo pilar de las estructuras que nos siguen oprimiendo.
Mi proyecto nace como una respuesta a esa apropiación vacía. Decidí tomar las imágenes y los nombres de marcas que nunca se han pronunciado de forma activa a favor de nuestros derechos y convertirlos en piezas artísticas. No lo hago para rendirles homenaje, sino para poner en evidencia cómo el capital se apropia de causas ajenas, vaciándolas de contenido político para transformarlas en valor de mercado. Quise que las obras fueran lindas. No como un acto ingenuo de complacencia, sino como una estrategia consciente. En el contexto actual, con un discurso público que cada vez se inclina más hacia posiciones ultraconservadoras, la estética amable funciona como un caballo de Troya. Quiero que el espectador se sienta atraído por los colores, la pulcritud y el aparente optimismo, para que después se enfrente a la incomodidad de entender que esa belleza refleja una exigencia impuesta sobre las personas queer: ser atractivas, rentables y “vendibles” para ser aceptadas. En mi trabajo, lo bonito es una trampa. Es una máscara que oculta y, al mismo tiempo, afila la crítica. En un contexto de ultraderecha, usar esta estética es una forma de infiltración: seducir para después confrontar, vender para después devolver la pregunta.

Este proyecto no ofrece un final feliz. Lo que busco es que recordemos que una lucha no es mercancía. Y que cada vez que la empaquetamos para que sea fácil de consumir, estamos sacrificando una parte de su fuerza política.

Fernando Ferrer

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