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La icónica república de cuba, pasarela histórica de maricas, lenchas, vaquerobvias y elegantes transformistas tiene nuevas inquilinas: Las Bellas Hartas, un espacio cultural que, entre la música, los tacones, las multitudes y los neones de la noche LGBTIQ+ del centro de la ciudad de México surge para celebrar el arte y la diversidad.



Escrito en el cuerpo de la noche: coreografías de la disidencia


NEWTON
@joven_escultor

SANDRA BLOW
@sandrablow.photo

Pepx Romero
@pepxromero

Alan Balthazar
@archivoalanbalthazar

Valerio Gámez
@valerio_gamez

FEBRERO—MARZO
2026

Bellas Hartas

Esta muestra postula la nocturnidad no como una fuga de lo real, sino como una infraestructura crítica de producción cultural y afectiva. Distante de aquellas lecturas que reducen la fiesta a un hedonismo despolitizado, la curaduría despliega el espacio lúdico como un laboratorio social donde las corporalidades disidentes ensayan gramáticas existenciales alternas. En la penumbra, lo queer abandona la discreción para instaurarse como performance radical: una exageración táctica y una reinvención de los vínculos mediados por el baile.

El proyecto orquesta una constelación de agentes estéticos heterogéneos —Pepx Romero, Alan Balthazar, Valerio Gámez, Sandra Blow y Newton—, cuyas poéticas, aunque divergentes en su formalización, convergen en la politización del placer como aglutinante social.

Desde esta plataforma se activa una tensión dialéctica entre la asepsia del cubo blanco y los subsuelos de la cultura clubber. El bar, la pista, el after y el cuarto oscuro trascienden la anécdota urbana para reclamar su estatuto como escenarios legítimos de la praxis artística. Aquí, la sonoridad, la indumentaria, la gestión lumínica y la performatividad del exceso son resemantizados como lenguajes que erosionan y desbordan los márgenes institucionales del arte contemporáneo.

La exposición opera como un cruce interseccional entre el archivo vivo, la acción performática y la memoria somática; interroga cómo el aparato festivo ha funcionado históricamente como trinchera ante la hegemonía heteronormativa. En coyunturas marcadas por la violencia y la precariedad, la noche queer emerge no solo como mecanismo de supervivencia, sino como un acto de afirmación vital insumisa.

En sintonía con el ethos de Bellas Hartas, la propuesta rehúye tanto la museificación de la nostalgia como la domesticación moralizante. Evita la trampa de romantizar la oscuridad para, en su lugar, encarar sus contradicciones inherentes: la fricción entre el goce y el riesgo, la euforia y el agotamiento, la pulsión de deseo y la herida. La fiesta se revela, así, como comunidad en movimiento y ejercicio de desobediencia cotidiana.

Más allá de una representación mimética de la vida nocturna, la muestra busca la activación fenomenológica del espacio expositivo. Transforma la sala en una zona de fricción donde la obra no se somete a la contemplación pasiva, sino que exige ser experimentada desde el cuerpo, el ritmo y la colectividad.

Las piezas reunidas insisten en una premisa fundamental: el baile es una postura biopolítica. El acto de vestirse, tocarse, exacerbarse y sustraerse temporalmente de la lógica diurna constituye una negativa radical frente a la normatividad productiva y la obediencia heterosexual.


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